jueves, 14 de julio de 2011

Espero no ponerme muy moreno que me avían


En unas horas me voy a Ruanda. Es por eso que lo que escribo lo escribo tan tarde, de madrugada, faltando a esa puntualidad diaria de la que vengo presumiendo en los últimos meses. Pero no pasa nada. A más de una le gustaría decir que aunque tarde mucho tiempo, siempre acaba llegando.

El caso es que vuelvo a África después de dos años y lo hago viajando a una región que por casualidad –cuando estudié la guerra de Bosnia– se cruzó en mis estudios y me horrorizó al descubrir otro matiz más de esa capacidad que saca el ser humano a pasear de vez en cuando, de hacer auténticas barbaries. Pero lo hace en todas partes del mundo porque no hace mucho que en Canarias un tipo le arrancó la cabeza a una mujer y se paseó con ella durante un rato hasta que alguien cayó que no eran ni los carnavales ni Halloween. En Ruanda se dedicaron a matar gente por ser de otra etnia y al carajo. En unas cuantas de semanas todos despachados. Con la ONU delante, sin hacer nada. Pero la ONU aprendió la lección. Y la aprendió tan bien que al año siguiente la repitió en Bosnia.

Me voy a Ruanda y me trae recuerdos de África, especialmente de Etiopía y de los dos años que pasé allí. “¿Dónde trabajas?” Le pregunté a una chica una noche en una fiesta en Adis Abeba. “En USAID”, me contestó. USAID, para aquellos que no hayan escuchado nunca hablar de esta organización, es el brazo de los Estados Unidos que usan para hacer desarrollo. O eso dicen ellos. USAID es un tentáculo terrible del gobierno de los Estados Unidos para mantener en la miseria a los que ya lo están y seguir ellos pillando tajada. “¿USAID?” Hice de eco en mi pregunta. “Pues trabajas en una mierda de organización”. Le solté sin más, con esta boca de buzón que me sale de vez en cuando. Ella me miró confundida unos segundos y luego me contestó sonriendo: “Ya lo sé”. Y nos hicimos amiguitos. Sobre todo cuando me dijo luego que era de Illinois, cuna de Hemingway.

Todo esto viene –no creáis que desvarío así de pronto– por la noticia que he leído hoy, precisamente hoy (aunque el artículo es de febrero), sobre Ruanda. El titular dice: “Ruanda esterilizará a 700.000 hombres con dinero de Estados Unidos”. ¡Hala! Esta gente se pone a cortar y pierde el criterio. ¿700.000? Vaya pasada, ¿no? Con la suerte que tengo, lo mismo me pillan por el medio, yo que siempre me pierdo allá donde voy, y me desgracian de por vida. ¡Qué disgusto! Aunque traer otro Antonio al mundo es para pensárselo, no te creas.
Bueno, volviendo a la noticia, la cosa es que esta campaña viene promocionada por USAID, cuyas leyes van contra el aborto y las esterilizaciones. Menos mal, que si no salían por la calle machete en mano cortando churras. Pero por supuesto lo hacen para prevenir el SIDA. Yo que soy un catetillo, busco los métodos de contagio y encuentro lo siguiente: “el virus se encuentra en personas infectadas principalmente en la sangre, el semen, en las secreciones vaginales y en la leche materna. Puede ser trasmitido a otras personas a través de heridas, pinchazos, heridas en la piel, mucosa vaginal o mucosa anal.” Yo creía que la vasectomía es dejarte sin espermatozoides no sin semen y además si el SIDA se puede transmitir por la mucosa vaginal y por la anal, se me ocurren un par de posturas (por no decir decenas) con las que el SIDA se puede contagiar, por mucho que dejes estériles a poco menos del 10% de la población ruandesa.

Cada vez entiendo menos estas políticas aplicadas a África. Unos que no se pongan condones y otros que se queden incapacitados para dejar embarazada a nadie. Unos que mueran a chorros y otros que no tengan descendencia. ¿A ver si el mensaje va a se otro? ¿A ver si es que hay varios sectores que piensan que hay muchos negros, que ya va siendo hora de ponerle trabas a la superpoblación para que las riquezas de unos cuantos no corran peligro? ¿A ver si es que el blanco Ariel (Aria dirían otros) gusta más? Llamadme raro pero yo he crecido con dos premisas a las que me quiero mantener: todos somos iguales y el negro pega con todo.

En cinco horas sale mi vuelo a Ruanda y sólo espero poder disfrutar de lo que la capital, Kigali, me enseñe. Y me da igual el color que traiga, los virus que por desgracia se hayan colado y las ganas de churumbeles que tenga. Vuelvo a África y estoy deseando porque, pese a los que unos y otros nos quieran decir, ese continente tiene algo muy especial. Y eso no se puede cortar en quirófano.    
 

miércoles, 13 de julio de 2011

¡Opá! Los condones, ¿son güenos o no?


Me tienen echo un lío. Y es que si no se aclaran no puedo saber qué opinar. “Tampoco tienes que opinar de todo”, dirán algunos. Sí, es cierto. La verdad es que no tengo mucho que decir sobre el olfato de los escarabajos peloteros, o sobre la inmensidad de las galaxias (es que no somos nadie), ni siquiera sobre lo poco que duró el naranja en las siglas del PP. Pero claro, este tema es distinto, porque con la Iglesia hemos topado. “¿Otra vez?” Me preguntarán. Sí, otra vez. “¿Y qué es ahora?” Los condones. “¡Pero si ya hablaste de eso de que el no usarlos en África es muy malo!” Sí, lo sé. Pero esta vez la cosa no va por ahí. “¡Ah!”. Esta vez es que han prohibido una campaña de publicidad, que reivindica que se puede creer en Dios y conservar la libertad para usar condones sin haciéndolo ir en contra de su fe. “Pues es normal que lo prohíban. Normal teniendo en cuenta que la Iglesia no permite el uso de los condones”. Ya, pero es que en una entrevista reciente hecha libro, el Papa Ratzinger Z, el opá, dijo que pueden darse casos particulares en que está justificado el uso del preservativo. “¡Coño! ¿Eso dijo?” Pues sí, aunque te extrañe eso dijo. “¿Y cuándo se puede?” Pues el ejemplo que dio fue el de cuando una prostituta utiliza un preservativo y este puede constituir el primer paso hacia una moralización, un primer acto de responsabilidad para desarrollar otra vez la conciencia de que no todo está permitido y de que no se puede hacer todo lo que se quiera. “¿El condón como el primer paso a la moralización y a la conciencia de que no todo está permitido? ¿Quiere decir eso que las prostitutas acabarán no chupándola y no harán más el helicóptero?” No sé, no creo que se refiera a eso concretamente, sino a lo que dice después de conseguir una humanización de la sexualidad. “¿No es humana la sexualidad?” Parece que no, que es un poco animal. “No lo entiendo. Todos estos años criticando que los condones son malos ya que ponen trabas a la voluntad de la naturaleza y de Dios y que además fomentan las relaciones extramatrimoniales, y los problemas de SIDA en África y ahora dicen que se pueden usar. ¿Eso cómo se come? Y además, ¿qué coño le ha dado la Iglesia con controlar el sexo, si no lo controlan ni entre ellos?” Pues ni idea porque lo que es por ahí pierden un montón de votos. El mío seguro. De todas maneras yo cada día entiendo menos. Si el preservativo es malo, o lo es para todos o no lo es para ninguno. No se puede usar según les convenga a unos cuantos en la jerarquía. Está bien que la prostituta use un condón para ni coger ni contagiar el SIDA pero cuando lo hace un negro africano, eso ya no vale, eso no sirve y al revés lo que hace es empeorar su situación. Y es más, que la prostituta no sea portadora o no convierta a nadie en portador no es tan poco lo importante, no. Lo que es realmente importante es que se haga como un acto moral. De verdad a esta gente les ponía yo en el mundo real unos cuantos de años a ver si ven dónde están. A ver si se enteran de que la gente se muere a chorros por enfermedades como el SIDA y entre ellos muchos niños. Cuéntale a esa madre que es sólo una de las mujeres a las que se tira su marido, que los condones empeoran su vida. Hazla sentir mejor cuando su niño muera por el SIDA que le ha contagiado su esposo, por follar a pelo. Ve y dile que rece, que Dios es misericordioso (y quizás lo sea si existe, pero desde luego la normativa de la Iglesia no lo es). O mejor aún, ve a las mujeres de México, Guatemala, Bosnia, Liberia, Uganda, entre otros muchos países, a las que han sido violadas y a las que siguen siendo, y les cuentas que el SIDA que tienen se debe porque no hay conciencia ni se humaniza el sexo, ni esperan al matrimonio para casarse. “Bueno, tampoco te pongas así, que el Papa no tiene la culpa de los conflictos que hay en el mundo”. Por supuesto que no, ni estoy diciendo eso. Pero ya va siendo hora de que deje el papamóvil y los zapatitos rojos de Dorothy para que se de una vuelta por el mundo del SIDA, el que está a pié de calle, el que anda matando a mucha gente que sin duda podrían salvarse con los condones y a ver si se entera que no hace falta ser una prostituta para contagiar ni para hacer actos morales, como dice.

El SIDA mata, creas en quien creas. La inmoralidad ­–para la Iglesia católica– te hace irte de putas, tocártela, coger el pedo del siglo, tirarte a la mujer del vecino o meter la mano en la cartera de tu jefe. No defiendo esto último pero siendo francos (sinceros, no caudillos), ¿qué es peor? 

martes, 12 de julio de 2011

La versión femenina de cruzarse de brazos


En los tiempos de la Roma clásica, el gobierno de Julio César tuvo la magistral idea de repartir trigo gratuitamente (pan bajo el mandato de Aureliano, en el siglo III) o venderlo a muy bajo precio entre los más pobres, además de proporcionar espectáculo a sus ciudadanos, para mantenerlos así entretenidos y ausentes de la política. Además, mientras estaban ocupados y saciados, no pensaban ni en pillerías ni en vandalismo. “Panem et circenses”, pan y circo, decían los hippies de la época, que el pueblo cuando piensa se vuelve un enemigo mortal.

Algo así ha hecho el hombre con la mujer todo este tiempo. Se ha creado un círculo vicioso en el que uno no sabe ya qué fue antes, si el huevo, la gallina o el cartón de doce. Desde que las mujeres se dedicaran a la recolección, trabajo que podían desempeñar mientras cuidaban de los niños, los hombres prehistóricos iban a cazar y pescar. Creo que ahí empezó ya el típico machito que dijo: “sí, sí, tú mucha guarnición pero lo que llena es el filete que yo traigo a casa” y bueno, los niños se crían solos y las cuevas las limpia la lluvia, pensaría el hombre. La actitud no ha cambiado mucho. O al menos por parte de los hombres. Pero las mujeres, forzadas a sobrevivir en esta sociedad machista, conocedoras de sus infinitos poderes, han encontrado la solución de conseguir cosas, y eso es lo que ha pasado en Colombia donde se ha producido una huelga de piernas cruzadas. Lo que oyen. Las mujeres de la localidad colombiana de Barbacoas, conocida por sus chorizos a la parrilla –vuelta y vuelta– y por sus chuletas de cordero, los domingos por la tarde, han decidido decirle a sus parejas que o se espabilan o no mojan. Tras el pasotismo del gobierno de arreglar la única carretera que comunica la localidad con la siguiente ciudad y que se encuentra en muy mal estado, las mujeres han decidido meter presión por otro sitio. Es decir que o los hombres de la comarca se ponen las pilas o se empapan las ganas en el café, ellos verán.

Lo cierto es que no está mal pensado. Si a las mujeres no nos hacen caso por lo que somos, habrán dicho, veremos a ver si nos hacen caso por lo que más mueve a los hombres en el mundo. Ya hay uno de los afectados que ha dicho que preferiría hacer una huelga de hambre antes de pasar lo que está padeciendo. Y es que se nos pilla pronto. Estoy deseando seguir esta huelga y enterarme de cuánto tardan en arreglar la carretera porque las mujeres han afirmado que si el gobierno no hace nada, los hombres no se van a escapar y van a proseguir con la huelga hasta que no la arreglen ellos mismos, para así pagar por la desidia que han mostrado durante tanto tiempo con respecto a la carretera.

Yo me pregunto: ¿funcionaría eso aquí? ¿Os imagináis? Las mujeres españolas diciendo: aquí no mete nadie hasta que no se cambie la ley electoral, se arregle la repartición de impuestos, se detengan los recortes sociales y se haga una política más igualitaria, donde quepamos todos. Que no digo que eso es lo ideal, no podemos fomentar el hacerle sólo caso a las mujeres cuando se cruzan de piernas, sería reducirlas aún más de lo que ya se hace, a objetos sexuales y por supuesto estoy lejos de defender eso.

Pero si algún día pasara, producto de la desesperación, como con las mujeres de Barbacoas (conocida por los pinchitos de pollo y la cerveza fría, en el jardín), si algún día todas las mujeres de un país, todas en absoluto, se pusieran de acuerdo para hacer esto, habría muchos cambios y muchos viajes a Santo Domingo. Estoy seguro. Aunque por ahora las prefiero convenciendo en los parlamentos, en las conferencias, en las manifestaciones, a través de la literatura, hablando con las vecinas, en los mercados, en las oficinas, en los bares, en las alcobas y en cada una de sus palabras a las que, como mujeres, les han robado el poder. Y la venganza se sirve en plato frío. Si el hombre le robó el poder a la mujer por la fuerza, la mujer la ganará por la debilidad.     

lunes, 11 de julio de 2011

Semana nueva vida nueva


Lunes por la mañana. Me despido de Ángel que se vuelve hoy a las Españas y me deja con ese vacío que sólo los amigos dejan cuando se marchan. Lo veré pronto. Me animo y salgo a la calle sabiendo que necesito tiempo para recuperarme de esta última semana, pero con el convencimiento de que ésta  va a ser trepidante, renovadora, excitante y dinámica. Me recreo con las canciones del iPod, creyendo que soy parte de un vídeo musical e imaginando que The Phoenix suena en el metro mientras la gente entra y sale, ya pendientes de sus móviles internetizados y de sus periódicos del día. Yo mientras muevo un pié al son de la música. Luego un hombro, y otro. Las rodillas se balancean y tras ellas la cintura, el cuerpo y comienzo a bailar. En el medio del vagón me entusiasmo y me muevo como si fuera la última noche, como si fuera mi última vez. Y la gente comienza a susurrar pero ya nadie mira a nada más que no sea mi movimiento atrevido y temprano. Algunos siguen el ritmo de la canción y aplauden e incluso se levantan y comenzamos a representar la coreografía improvisada de la mañana (y yo que creía que eso sólo pasaba en loas películas de Disney). Todo el vagón se llena de risas, de ritmo, de música. Y pienso que la semana no podía haber empezado mejor. Al menos no en mi cabeza porque por supuesto el vagón sigue inmóvil y sumido en el sopor del lunes. Yo me limito a escuchar la selección aleatoria de canciones que va apareciendo en mi mp3, sin moverme demasiado. Ni bailes, ni palmas, ni vagón disco. Pero en mi cabeza quedaba de puta madre.

Salgo a la calle y la oficina está cerrada. No tengo llave porque se la dejé la semana pasada a una chica que hoy quería venir temprano. Ya veo, ya. Me da tiempo para tomarme un café y escribir estas líneas. Sigo pensando que esta semana va a ser grande. El ver a un hombre bebiendo una cerveza a las nueve me da un poco de bajona. No es envidia. Es sólo bajona. No son horas de echar una cañita sobre todo cuando se nota que se dirige al curro, todo recién duchado y con su mochila a cuestas, entrando en un edificio de oficinas. Me hace recordar que el último día en Budapest, un hombre un tanto perjudicado nos echó una maldición. Bueno, no le entendí porque mi dominio del húngaro es el mismo que tengo de pesca submarina. Pero imaginé que no podía ser muy bueno lo que nos soltó si fue tras pedirnos dinero, tras denegarles la dádiva y tras hacer un gesto con su mano que era básicamente el de hacer una cruz en el aire y pasar su mano por el cuello. Yo no soy un experto en el mundo de los símbolos pero me parece que aquello no parecía un “que tengáis buen viaje, chicos”. Así que si le dije a Ángel: “ya sabes, si se cae el avión es por culpa de este cabrón”. “¿Y si no se cae?”, me preguntó. “Pues si no se cae, nos vamos a tomar algo y a celebrar que estamos vivos”.

Llueve en Berlín, es lunes por la mañana y esta semana va a ser una grande. Me apuro el café, observando a un perro que pasea junto a su amo y es el perro el que lleva la correa en la boca, mientras el hombre camina distraído. Extraña ciudad. Ya va siendo hora de volver a la oficina. Va a ser una semana grande. Lo mismo me pongo otra canción y voy haciendo un videoclip por la calle de una de The Cure, de vuelta al curro. Va ser una semana grande.    

domingo, 10 de julio de 2011

Nos vemos en los bares


Hay muchos tipos de turistas. Uno es el que parece enfrentarse a una contrarreloj cada vez que el barco, avión, coche o autobús en el que llegan a un sitio, los deja sueltos y libres para explorar. Mapa en mano, cámara compacta en la otra y un recorrido mental que hacer, se lanzan a invadir museos, monumentos, parques, montañas, castillos, avenidas, galerías y todo tipo de rincones que tenga el lugar en cuestión. Yo no soy de esos. Nunca lo he sido y no voy a empezar ahora.
El segundo tipo es el turista accidental. Es aquel que por alguna coincidencia o circunstancia se ve en una ciudad que no es la suya y le importa un carajo que sea Tokio o Cuenca. Se mete en su hotel y que le den por culo al mundo. Estos suelen tener mucho que ver con hombres de negocios en general.
Luego existe el tipo como el que se me acercó anoche, en un bar de Budapest. Me explicó que llevaba 20 años estudiando guitarra flamenca y que quería irse de allí a Andalucía en tren. “Pues espero que tenga aire acondicionado”, le dije. A los minutos me preguntó: “¿Sabes dónde puedo tener sexo por aquí?” No sé si es que llevo escrito en la cara algo así como: soy un pervertido y trafico con todo tipo de drogas, pero estas preguntas me persiguen allá donde voy. Le dije al buen hombre, un iraní, que no tenía ni idea dónde podría desahogarse, a parte de en la soledad de su dormitorio.

Pero yo me quedo con el turismo que Ángel y yo practicamos, el que queremos convertir en moda, en algo que la gente pueda hacer sin complejos ni preocupaciones de que se dejan cosas atrás. Ése es el turismo por bares. Mientras recorríamos a las tres de la tarde, a 38 grados, el camino que nos llevaba a la cima de una montaña donde se podían apreciar unas vistas muy hermosas de la ciudad y desde donde se podían hacer fotos estupendas de esas de película, Ángel, empapado en sudor y sin camiseta, como yo, me decía: “¿Y para qué coño queremos ir hasta tan arriba si hay postales con lo mismo que vamos a ver?” Y nos reíamos, derritiéndonos bajo el cruel y nada misericordioso sol húngaro, intentando entender qué es lo que nos mueve a verlo todo. “No, no, Antonio. Eso no es así. Hay cosas que te cambian la vida, que merecen la pena verlas, que son especiales y maravillosas”, dicen algunos. Yo pienso en los canales de Venecia, en el Bósforo de Estambul, en el reloj de Praga, en la arquitectura caótica de Sana, en las gigantescas iglesias excavadas en roca de Lalibela, en la Sagrada Familia de Barcelona, en el aire de la brisa del Guadalquivir cuando vuelves a casa de madrugada, en el monumento a los judíos en Berlín y en mil cosas más, bonitas para algunos, exóticas para otros, pero vivencias al fin y al cabo. Pues bien, todas estas experiencias, tienen una cosa en común: las tuve estando de copas. ¿Por qué no? Es en los bares donde se conoce la cultura y cómo la gente funciona en una ciudad. Y no te impide ver y descubrir sitios mientras vas de un lugar a otro.

Yo voto sin duda por un turismo de experiencias –a cada cual las que más les llenen–, de andaduras y aventuras, de anécdotas, de risas y de muchos encuentros. Voto por hacer amigos y no fotos, por romper vasos y no sandalias, por echar de menos abrazos y conversaciones, no piedras, arcos, cúpulas y arbotantes. Y si me preguntan “¿has visto…?”, lo mismo he de responder que no, porque no me ha dado tiempo. Pero replicaré: “sin embargo, me encontré con un bar que tenía una lechuza gigante con grandes tetas y ojos amarillos, mientras a su lado, una legión de conejos se escapaba corriendo por las cuatro paredes del local”. Y seguro se quedará tan perpleja o perplejo ante la imagen de algo así como Ángel y yo nos quedamos al verlo.

Donde sea, cuando sea, pero nos vemos por los bares.    

sábado, 9 de julio de 2011

La vida te da sorpresas


El año pasado por estas fechas estaba en Albania, con muletas, una escayola hasta la rodilla, cagándome en todos los muertos de la montaña donde me torcí el pié y donde un huesecito de mierda se me partió como si fuera el de un pollo. La final del mundial la vi postrado en el sofá de la casa donde me estaba quedando y sin poder saltar cuando Iniesta hizo que se callaran todos los holandeses karatecas contra los que jugaba.
Mi amigo Ángel vino a visitarme y yo, siguiendo los consejos del médico de guardar reposo para no cargarme el pié para siempre, decidí irme de gira balcánica a Montenegro y a Serbia.   

Este año no tengo muletas ni escayola pero Ángel se ha decidido de nuevo a venir a revolverme mi rutina berlinesa y nos hemos venido a Budapest. Así, de pronto. De fin de semana. Llegamos, nos vamos a uno de estos hostales hechos para los trotamundos donde nada más llegar la chica que tiene que recibirnos nos dice que esperemos, que está fumándose un cigarro. Luego viene a enseñarnos la habitación –que resulta ser un apartamento en un edificio distinto– y nos dice que ya que iba a salir sacaba a los perros. Y ahí va esa chica, tirada por los perros que como dice Ángel parecía que iba haciendo ski acuático. El sitio está muy bien pero decidimos irnos. Son las siete de la tarde y nos echamos a la calle cual toro en San Fermín. Ya en el primer bar me doy cuenta de que no estoy en una ciudad normal. Un jardín en un edificio que es un hostal para gente joven con las habitaciones dispuestas como si fuera una casa ocupa y vendiendo cervezas de medio litro a un euro, no es normal. Ángel me ve con la cara de un niño ilusionado y me dice que hay más sitios que ver, que me conoce y soy capaz de enredarme allí. Le hago caso, tenemos un mapa que nos han dado en el hostal donde sólo te indica los bares de la ciudad y te enseña a decir en húngaro frases tan útiles (y no miento) como: “¿follas en la primera cita?”, “bonito pene” o “más duro, más rápido, ahora”. Todo frases prácticas. Movemos ficha y entramos en un bar que no era un bar, era un sueño. Seis barras entre terrazas, bar de coktails, otra para shishas, cervezas varias y un sinfín de copas. Un ambiente cojonudo, a más de treinta grados y con unas ganas de dar guerra increíble. “Voy a pedirle a esas dos que nos echen una foto”, dice Ángel mirando a unas chicas que estaban sentadas en un potro de gimnasia que había allí puesto. “Pues lo mismo son españolas”, le dije. Y sí lo eran, sí. Y con ellas nos cambiamos de bar al rato y entramos en un pub subterráneo donde conocimos a Adan, un pavo que decía que podía aprender chino en cinco meses y que no se sentía muy contento con su español (que rayaba la perfección) porque no entendía a los de Murcia cuando hablaban. Adan soltó perlitas como: “Budapest es como un viejo amigo con el que no te llevas bien pero al que amas” o “Eso es como pescar en la oscuridad”. Nos habló de Carmen Maura, de Gabriel García Márquez, de su ex, canariona, de sus visitas a Barcelona y de su mejor amigo que es “un putero”. Era increíble saberle tan conocedor de nuestra cultura. En un momento de arrebato le dije: “mira si conoces a Alfredo Landa y a Gracita Morales te pongo un piso”.

De pronto una de las chicas dijo que eran las tres de la mañana, que luego se convirtieron en la canción de Sabina y nos dieron más horas entre risas y copas, disfrutando de la casualidad de habernos encontrado y de haber parado en el bar donde trabaja la novia de Adan. Que me perdonen las hormigas del mundo pero esto es lo que me hace a mí seguir en este mundo loco del que cada día entiendo menos.


viernes, 8 de julio de 2011

Prefiero morir como cigarra que vivir como hormiga


Para mí las vacas son mamíferos de manchas que hacen mu. A veces son flacas, a veces vienen más gorditas. Pero siempre vacas. No las toreo, las como de vez en cuando y lo único que ordeño es mi soledad. La vida es una vaca y aunque suene un poco Forrest, yo me preocupo más por vivir que por guardar para poder hacerlo. Así te va, dirán algunos. Pues sí, así me va. Pobre como un ratón de campo, sin propiedades y no con un futuro muy cierto. Pero oye, también vivo con sonrisas, con amigos y con una historia de “que me quiten lo bailao”, que para mí se queda. Ahora entramos en materia y nos preguntamos: ¿qué vale más? Está claro, dirán algunos. En estos tiempos que corren y este mundo en el que vivimos, don sin din, cojones en latín, es decir, sin dinero vales menos que un billete de dos euros. No se puede evitar. Pero también es cierto que todo depende de lo que busques y quieras en la vida. Porque no te digo que hace falta vivir debajo de un puente, pero tampoco hace falta comprar un piso de cuatro dormitorios para ser feliz.

Pasando a otros animales nos vamos a la fábula de la hormiga y la cigarra. Muy conocida, no insisto en ella. Pero hay un tipo, Detlef Güntler, alemán y muy cachondo, que la ha usado para comparar las culturas germánicas con las mediterráneas. El tipo está convencido de que Alemania está hundiendo Europa y está arrastrándola a unas políticas erróneas donde todo es el comportarse como hormigas ahorradoras, que se preparan para el largo y duro invierno. Nosotros, sin embargo, somos la envidia porque nos la pasamos bajo el sol, tocando La Bamba con la guitarra y bebiendo cerveza fresquita. Es un poco cliché pero hay algo que me gusta del libro y es la frase en la que dice, parafraseo, que mientras que la cigarra inventó la civilización, la hormiga inventó el capitalismo. El libro se llama “Perdón, soy alemán”. Yo estoy escribiendo la réplica: “Te perdono pero deja de llevar calcetines con las chanclas”.

Mi amigo Ángel está de visita. Es la primera vez que hablo español en los bares o incluso por la calle, ya que no conozco hispanohablantes en la ciudad. En estas noches pasadas en las que nos hemos mezclado con las cervezas, las salchichas con curry y los locales aún llenos de humo y copas, me he dado cuenta de que ser español en este país es aún una ventaja. La fábula de La Fontaine olvidó un detalle y es el que cada vez que la hormiga escucha cantar a la cigarra, se acerca a ella y sueña con ella, permaneciendo en el deseo de cambiar su vida de hormiga hasta que el despertador la devuelve a la realidad de su impuesta condición de hormiga. Cada día se nos ha acercado alguien para preguntarnos de qué parte de España somos, para decirnos que ellos y ellas también han estado allí y para balbucear las frases y palabras que aprendieron allá. Las hormigas quieren ser cigarras. Y aquí viene la gran noticia: pueden cambiar si así lo desean. Ser alemán no es una condición genética, sino cultural. Y lo mismo que no es genético votar al PP, tampoco lo es el decidir que la vida es más que comprarse un coche, una casa, un perro y un carrito último modelo para tu bebé, que no tiene ni idea de lo que te estás gastando en proporcionarle “lo mejor”. ¿Cómo podía el mundo funcionar antes de que existiera Prenatal?

Yo no abogo por una vida tumbado a la bartola tocándome las pelotas, mientras otros trabajan para nosotros. Yo abogo por un equilibrio, por una vida en la que haya más tiempo libre para disfrutarlo con los tuyos, por una vida donde almacenar y retener y poseer se convierta en lo raro, no en la norma.